Homilía de la semana

DOMINGO VII – T.O. – A

Bautizados, pero ¿todavía vivimos en la ley del Talión?

Todos nosotros somos cristianos que un día nos bautizaron, con buenísima intención y deseo; luego se preocuparon de que aprendiéramos; nos preparamos para los sacramentos y los vivimos con gozo: 1ª confesión, 1ª comunión, confirmación, matrimonio…

Y cristianos que hoy, esta mañana, nos decimos: quiero ser fiel a Jesús, quiero ser buen discípulo/a del Señor. ¿Verdad que sí?

Esto es claro. Sin embargo, con mucha frecuencia nos ocurren dos cosas:

1ª) Nos conformamos aún con una moral del AT: Ojo por ojo y diente por diente, la ley del Talión. Es verdad que esa ley fue un gran avance en el AT, evitaba la venganza salvaje. Se dio una evolución positiva, veamos:

-Gn 4,23: Yo maté a un hombre por una herida que me hizo, y a un muchacho por un cardenal que recibí. (Ley = venganza pasional y salvaje).

 -Ex 21,24, tomándolo del Código de Hammurabi (1760 aC): Ojo por ojo, 

                  diente por diente, mano por mano, pie por pie… (Ley de equilibrio).

                        -Qumrán: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.

Pero según Jesús esa ley no era válida para sus seguidores, él dice (Mt 5,39ss): Si uno te abofetea en la mejilla derecha, ponle la otra…Amad a

    vuestros enemigos y haced el bien a quienes os aborrecen…

Evidentemente Jesús propone nuevas formas de convivencia (Mt 5-7): 

   Sabéis que se os dijo… pero yo os digo…

Jesús siempre pide a sus seguidores mucho más, hasta el máximo: 

   Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

2ª) Y nos ocurre otra cosa, el decirnos: “bueno yo ya va bien con lo que hago”. Y nos paramos en nuestro caminar cristiano, nos cruzamos de brazos, intentamos ser “normalitos”, y acabamos siendo personas mediocres, ¿sí?

    Y Dios, en la 1ª lectura nos ha dicho: ¡No, de eso nada! Mediocridad, ninguna. Vosotros ¡sed santos! Y da la razón: porque yo soy santo, dice Dios. Dios = el modelo, el espejo para mirarnos.

La Palabra de Dios: Sed santos… Yo os digo más… Sois templo de Dios…

En el Levítico (1ª lectura) ya se nos pedía un planteamiento fuerte: Seréis santos… No odiarás de corazón… No te vengarás… Amarás a tu prójimo…Y se daba la razón: porque yo soy santo…Yo soy el Señor.

Y acabamos de ver en el Evangelio que Jesús constantemente está invitándonos a la superación: Yo os digo más… Y pide hasta le meta: Sed perfectos como el Padre del cielo es perfecto. La llamada que él nos hace, la vocación a la que nos invita es de superación constante, de darlo todo, de entrega total… buscando siempre la perfección.

Y Pablo (2ª lectura) da otra razón: porque sois de Cristo, sed igual a Cristo. Porque sois templo de Dios, que quien entre en vuestra vida se encuentre en vosotros con Dios.

Un campo nada fácil: el perdón

Llamada toda ésta que hoy nos insiste, por tanto, en el perdón y en el amor a los enemigos: ¿Qué hacemos? ¿Arrancamos esta página del Evangelio?

Yo diría: vivamos el perdón porque Dios lo quiere y por salud personal:

  • El que no perdona, jamás vive tranquilo: hay un rencor dentro que supura. ¿Y a quién afecta eso, a quien hizo el daño o a quien ahora no perdona? ¡Seguro que a quien ahora no perdona! Tiene un rae que rae… ¡muy duro!
  • Quien perdona es muuucho más feliz: se siente relajado y tranquilo; y, por supuesto, hace lo que el Señor quiere.
  • Perdonemos: el perdón nos hace grandes. ¡Que no anide en tu corazón nunca el rencor! ¡Nunca! Mala yerba el rencor…, mal bicho el rencor…
  • Y, desde luego, creados a imagen y semejanza de Dios que somos, y templos de Dios que somos… miremos a Él: ¿qué hace Él? Hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos (dice el evangelio). El Padre del cielo nos ha perdonado siempre. Pues hagamos nosotros lo que hace nuestro Padre del cielo, a eso nos llama.

Llamada que se vive en nuestra vocación

En nuestra vocación como persona, en nuestra vocación como cristianos y en nuestra vocación específica, allí donde estamos…

  • ¡Cuánto me han perdonado a mí mis hermanos curas! ¡Cuánto tengo yo que perdonar… siempre!
  • ¡Cuánto nos han perdonado en nuestra familia! ¡Cuánto hemos de perdonar cada uno de nosotros en nuestra familia… siempre!
  • ¡Cuánto me han perdonado personas concretas en la parroquia! ¡Cuánto tengo que perdonar yo a mis hermanos de la parroquia… siempre!
  • ¡Cuánto me han perdonado personas que conozco…! ¡Siempre tengo yo, por tanto, que perdonarles también a ellos!

¡Vivamos la grandeza del perdón! Como quiere el Señor. A Él se lo pedimos.

Y lo pedimos por intercesión de María: ¿Cuánto perdona una madre? Todo y siempre. Pues, María, Madre, ¡que nosotros sepamos caminar por esa senda!

Antonio Aguilera

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