Homilía de la semana

DOMINGO 27 – C

1. Petición de los discípulos

Recordamos muy bien que un día los discípulos pidieron a Jesús: Maestro, enséñanos a orar. Y Jesús pausadamente les habló de cómo orar a Dios –con insistencia y perseverancia–, de cómo tratarle –como un Padre, Abbá, que está atento y escucha a sus hijos–, con una plegaria sencilla y desde las necesidades más cotidianas… y les enseñó el Padrenuestro.

Según el relato del evangelio de Lucas que acabamos de escuchar, hoy le hacen otra petición: Auméntanos la fe. Es decir: ya tenemos fe, pero necesitamos más, añádenos más fe a la que tenemos. 

Tienen fe, están con Él, siguiéndolo a Él. Pero las situaciones complicadas que tienen que afrontar requieren una fe más fuerte, más firme, más viva. Eso les pasaba a los discípulos…

¿Verdad que eso mismo nos pasa también hoy a nosotros? Tenemos fe, claro que sí. Pero ¿no es cierto que quizás estamos viviendo de una fe de nuestra infancia, cuando ya somos jóvenes o adultos hechos y derechos? ¿No es cierto que estamos viviendo con una fe que nos fue válida hace veinte, treinta o cuarenta años, pero hoy se nos queda corta para respondernos y responder adecuadamente a las situaciones difíciles, actuales?

2. Respuesta de Jesús

A la petición de los discípulos, Jesús les responde con un dicho un tanto enigmático: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’ y os obedecería.

Jesús no alude a la cantidad de fe, a la cantidad de cosas que creen o han de creer, sino a la calidad de esa fe, la fe fuerte como las raíces de un árbol fuerte. Jesús viene a decirnos: importa mucho la calidad de tu fe; que cuides dentro de tu corazón una fe viva, honda, generosa y eficaz. Lo importante hoy para nosotros los cristianos es, entonces: 

  • Un encuentro profundo con Jesucristo, un trato cordial con Él. Dominical, sí; y diario, también… En lo fácil y en lo difícil, en las alegrías y en las penas…
  • Avivar el fuego que sentimos en su presencia: Reaviva el don de Dios que recibiste… el espíritu de energía, de amor y de buen juicio… (2Tm). Avivar el fuego, como en los braseros antiguos, como en la candela cuando preparamos una barbacoa… hay fuego, pero, al tiempo, la ceniza lo va recubriendo… Si soplas, resurge la llama… Pues algo así nos indica Pablo (2ª lec): necesitas quitar las cenizas que tienes ya y que resurja el fuego vivo en ti, la llama ardiente, el soplo del Espíritu.
  • Y lo grande, por tanto, es que dejes prender el fuego de Dios en ti y que metas fuego a tu alrededor.

3. Fe que hoy nos toca vivirla en realidades difíciles y crudas

La generación pasada y parte de nosotros, teníamos un ambiente aderezado con la vivencia de fe: la familia rezaba, los cuadros y las imágenes en casa eran un recuerdo constante del Señor, la escuela te ayudaba a aprender las formulaciones de la fe cristiana, el ambiente, etc… Te era relativamente fácil seguir ese camino.

Hoy se requiere una decisión muy personal para vivir y crecer en la fe. Y en ello hemos de insistir cada día en nuestra plegaria: Señor, auméntanos la fe. Fe que ha de impregnar mis tuétanos, fe que he de vivir, fe en la que he de cimentar el amor de mi matrimonio, fe en la que he de educar a los hijos, fe que he de manifestar públicamente…

Necesitamos hoy, decía el gran teólogo Karl Rahner, una verdadera audacia para creer… El abandonarnos en Dios es la máxima osadía del hombre, escribía él. Yo, insignificante criatura pero persona de fe, me abandono en Dios… y me atrevo a decir –“nos atrevemos a decir”, expresión en la Eucaristía, previa al padrenuestro– a Dios “Padre”, y nos atrevemos a llamarnos hermanos entre nosotros.

4. Sí, pidamos la fe y alimentemos la fe

Abandonarnos en Dios… y llamar y sentir a todos hermanos míos… Por ahí va la fe que profesamos… Esto es muy grande, por ello hay que pedir:

  • Auméntanos la fe. Enséñanos a no creer en algo, sino a creer en ti, persona, Hijo encarnado de Dios, para abrirnos a tu Espíritu y dejarnos alcanzar por tu Palabra.
  • Auméntanos la fe. Danos una fe centrada en lo esencial, en tu Evangelio. Y haznos vivir una relación vital contigo, sabiendo que tú, y sólo tú, eres el Maestro y el Señor.
  • Auméntanos la fe. Ayúdanos a vivir identificados con el proyecto del Padre, que nos quiere a todos hermanos. Que trabajemos por una vida más humana para que, en verdad, vivamos como hermanos de todos.

Pidamos, sí, y alimentemos la fe encontrándonos contigo:

  • En la Eucaristía, con la comunidad de cada domingo, Día del Señor…
  • En la oración personal/familiar y en la meditación diaria de tu Palabra..
  • En la formación en los grupos que la parroquia ofrece, para madurar…
  • En cada hermano, que es la verdadera imagen de Dios, que es hijo de Dios, que es la imagen viva de su Hijo…

5. Y, por supuesto, agradezcamos la fe

  • Recordando agradecidamente a nuestros padres, nuestros educadores…
  • Poniendo ante el Señor nuestros pasos de crecimiento gracias a Él…

Y todo, junto con María… mujer de gran fe… y Madre nuestra…

Antonio Aguilera

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