Homilía de la semana

DOMINGO 25 – C

Servir a dos señores

1. En primer lugar, ¡gracias!

Sí, gracias; sin cansarnos nunca. Gracias a Dios y gracias entre todos nosotros, de unos para con otros: 

  • Estamos celebrando la Eucaristía, Acción de Gracias por excelencia; memorial en el que, por Jesucristo, tenemos vida plena para todos.
  • Y todos nosotros aquí acabamos de escuchar la Palabra de Dios: Amós, Pablo y Lucas son el sembrador que ha sembrado la buena semilla en nuestros corazones; y, con sencillez y humildad, todos nosotros queremos ser la buena tierra donde la semilla de Dios dé buen fruto.

Con esta vivencia, por parte de Dios, y con esta noble actitud, por parte nuestra, ¿verdad que arrancamos el curso con ganas, con ilusión, con esperanza? ¡Claro que sí! ¡Vamos adelante! Nos alegramos de estar los unos con los otros y todos juntos con el Señor, con Él caminamos. ¡Gracias!

2. Nos abrimos a su Palabra

Y en este clima de acción de gracias, de celebración eucarística, como buenos discípulos del Maestro, nos abrimos una vez más a la Palabra de Dios.

El domingo pasado nos habló el Señor con tres parábolas: la moneda perdida, la oveja perdida y el hijo pródigo (Lc 15). Destacaba el evangelista Lucas la ternura de Dios, la ternura de la misericordia de Dios. Algo que hemos experimentado todos una y mil veces. Y algo que deseamos vivir y practicar. Para Dios somos sus hijos queridos, sus hijas queridas.

Hoy las lecturas centran la atención en cómo una persona querida por Dios, salvada por Dios, escogida por Dios –cada uno de nosotros somos hijo elegido suyo- ha de responder a ese Dios haciendo buen uso de los bienes materiales.

Y ciertamente queremos responder bien.

3. Tenemos bienes

Todos los que estamos aquí tenemos algunos bienes, quizás poco, pero algo sí: nuestra pensión, nuestro sueldo, aquello que se pudo ir ahorrando… Y seguro que todo ganado con honradez y trabajo. ¡En principio, bien!

Pero tenemos nuestras pasiones, y vivimos en una sociedad que valora excesivamente lo material, el tener: más el tener que el ser, más lo externo que lo interno: tanto tienes, tanto vales  /  tanto aparentas, tanto eres… son criterios extendidos.

Y en muchos casos, eso no es cierto, y por ahí no viene la fuente de la felicidad.

El Señor, por boca del evangelista Lucas, nos dice hoy: ¡ojo!, eso que tienes vívelo con honradez, haciendo buen uso de ello, y siendo de fiar en lo menudo… Y siendo astuto para vivir honradamente… La astucia que tenía aquel administrador, empléala tú para el bien…

Y concluye la parábola: No podéis servir a dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero. ¿Por qué, cuál es la razón?, podemos preguntarnos.

El camino que lleva al dinero y el que lleva a Dios son diferentes:

A) Quien sirve al dinero:

  • Pone al dinero como su dios. Y cuando se pone al dinero como dios, dice el profeta Amós (1ª lectura): se exprime al otro, se le despoja, se le engaña (disminuís la medida, usáis pesos falsos…).
  • Cuando idolatramos el tener, el acumular, ¡qué infelices somos!, nunca vivimos tranquilos. Y tenemos un modus operandi muy poco humano (cf. Amós).
  • ¡Que grande es y qué felices nos hace el vivir con lo necesario, el ser austeros, el ser generosos, el compartir con otros!

B) Quien sirve a Dios:

  • • Lleva un camino muy diferente. Y es el camino de la verdadera felicidad. La oración colecta hoy reza así: Has puesto, Señor, la plenitud de la ley, en el amor a ti y al prójimo.
  • • Y poner nuestro empeño en el amor a Dios y el amor al prójimo, conlleva trabajar por todos los hombres, servir a todos los hombres, orar por todos los hombres (2ª lectura), despojarnos de nosotros mismos y ser discípulos del Señor y servidores de todos los hermanos.
  • • ¡Camino de grandeza, camino de humanidad, camino de felicidad!

4. La Palabra de Dios hoy nos invita

En resumen, la Palabra de Dios hoy nos invita a:

  • Tenemos bienes: usemos lo que necesitamos, con sentido común y austeridad. Gocemos la grandeza y la felicidad de vivir con poco, con lo necesario.
  • No convirtamos los bienes materiales en dioses, son ídolos que no salvan.
  • Trabajemos por lo que el Señor quiere para todos: una fraternidad donde todos los hombres nos desarrollemos, nos comprendamos, nos ayudemos. Vivamos con fe y con razón, con fe en el Señor y con sentido común.

Para ello, nos alimentamos de la Eucaristía, del pan del altar, de un Dios que se entrega, que se parte y se reparte para todos.

Y María nos alienta para caminar con su Hijo y con los hermanos.

Antonio Aguilera

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