
Queridos hermanos: celebramos el Domingo, el Día del Señor; y, como siempre, nos habla el Señor en su palabra; hoy la Palabra de Dios con tres lecturas muy sencillas, muy fáciles de entender, y muy orientadoras para que todos repensemos esta Jornada de Manos Unidas, cuyo lema es Declara la guerra al hambre, hambre que afecta a 1.100 millones de personas.
Contemplemos atentamente la Palabra de Dios y veamos qué llamada nos hace:
- Evangelio
- El Evangelio nos habla de ser sal de la tierra y luz del mundo. Y que, de esta forma, nuestra luz alumbre a los hombres y den gloria al Padre Dios. ¡Qué dos metáforas tan fáciles y tan sencillas utiliza el Maestro para que todos los discípulos lo entendamos bien!
- Ser sal de la tierra. La sal cumple dos funciones básicas:
-Es condimento que sazona y da sabor a las comidas… Cuando
falta la sal, la comida tiene poco gusto, como que no “sabe”.
Y realiza su función siendo una pizca de sal, normalmente muy
poca; y disolviéndose: nadie la ve.
-Y la sal, además, preserva de la corrupción. Salamos los alimentos
que necesitamos usar más adelante, para que no se corrompan.
= ¿Verdad que nosotros, todos nosotros, sencillamente con ser una pizca de sal y sabiéndonos disolver humildemente, podemos llevar a cabo la excelente misión a la que nos llama el Maestro: dar buen sabor a la vida y evitar todo tipo de corrupción?
- Ser luz del mundo:
-En la Biblia, y en muchas culturas, la luz se asocia siempre a lo
bueno, a lo que Dios y los hombres ven con gozo.
Y la oscuridad, las tinieblas, se asocian a lo malo.
-Y el Evangelio nos dice que somos una luz que ha de estar sobre el
candelero para que alumbre a todos los de casa.
No luz para que nos miren a nosotros, sino para que, viendo en
nosotros buenas obras, den gloria al Padre del Cielo.
= ¿Verdad que, acogiendo nosotros la luz de Dios, podemos ser luz para
otras personas?
El Maestro, el Señor, en el Evangelio, nos llama hoy a vivir en la luz, a
ser luz y a iluminar nuestro ambiente.
- Como vemos, ¡qué dos metáforas tan fáciles de entender y tan agradables de vivir nos propone hoy la Palabra de Dios! Ser sal y ser luz.
Y seguro que todos nosotros deseamos vivirlas… ¡Vamos a ello!
- Vivirlas, ¿con qué estilo?
- Nunca con un estilo vanidoso ni con las sabidurías de este mundo…
- Pablo (2ª lectura) nos dice cómo lo hacía él, y él es un buen modelo:
-Con su debilidad y sus miedos: débil y temeroso, dice.
-Pero muy bien enraizado: en Jesucristo, y éste crucificado;
y en el poder del Espíritu.
-Una fe que se apoya en esos cimientos –la cruz de Cristo y la
fuerza del Espíritu- es una fe recia. Es la fe que queremos vivir
cada uno de nosotros, ¿verdad?
- Un estar muy bien cimentados en Dios y un querer ser sal de la tierra y luz del mundo que nos lleva a una vida de servicio a todos.
A ello nos llama el profeta Isaías, según la 1ª lectura:
- Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo… Y no te cierres a tu propia carne, a lo que te pida tu cuerpo…
- ¡En ello estamos: con nuestras flaquezas, pero por ahí vamos! ¡Seguro que sí! ¡Con la fuerza del Cielo, continuemos siempre en ello!
- “Parte tu pan con el hambriento”, dice el profeta; y Manos Unidas
Isaías nos dice Parte tu pan con el hambriento… viste al que va desnudo.
Manos Unidas nos propone hoy: Declara la guerra al hambre.
- Esa hambre que afecta actualmente, decía antes, a 1.100 millones de personas: impresionante cifra de hermanos que no tienen lo suficiente para vivir… cuando a nosotros nos sobra y despilfarramos.
- Hambre que, sabemos muy bien, es un arma silenciosa más letal que las armas de guerra, y que se utiliza de forma estratégica en los mismos conflictos armados…
- Hambre por ser el mundo desquiciado que somos: 2’7 billones de dólares se dedican a gastos militares. Sólo el 0’52 % de los gastos de guerra se dedica a la lucha contra el hambre (47.200 millones).
- Al menos, caigamos en la cuenta de tan grave asunto y colaboremos en lo que nos sea posible con Manos Unidas en la Guerra contra el hambre.
- En lo que nos sea posible, seamos así algo de la sal y la luz que necesita nuestro mundo, y a la que nos llama el evangelio de hoy.
Antonio Aguilera








