
1. ¡Qué bien lo hizo todo!
“Está cumplido”, escuchábamos y meditábamos hace un momento, recogiendo palabras de Jesús, según el evangelista Juan (Jn 19,30).
Y efectivamente, está cumplido:
– Cumplido con total fidelidad al Padre. Muchas veces, como buen judío, había rezado Jesús el salmo 40, y había repetido aquello de: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… no pides sacrificio expiatorio, entonces yo dije: ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’. Dios mío lo quiero, llevo tu ley en mis entrañas” (Sal 40,7-9). Y no entregó un sacrificio de ofrendas externas a Él, sino que se entregó a sí mismo.
– Cumplido con total fidelidad a los hombres. En la larga oración tras la cena de Pascua, según el evangelista Juan, Jesús decía al Padre: “He manifestado tu nombre a los hombres […] Yo les he dado a conocer tu nombre para que el amor con que tú me has amado esté en ellos” (Jn 17,6.26). Y efectivamente, nos enseñó quién era el Padre, cómo nos ama el Padre. Y nos enseñó con sus palabras y con sus obras el camino para ir al Padre: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34).
Su fidelidad al Padre y su fidelidad a los hombres, ¿cómo la vivió Jesús? Lo sabemos muy bien nada más que con traer a la memoria un día normal de su vida por aquellas tierras de Palestina, pero Pablo nos lo expresa de manera genial cuando escribe a los filipenses:
“Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo, el cual siendo de condición divina […] se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres […] y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fp 2,6-8).
Su vida, sí, fue un abajamiento total, por voluntad del Padre, al servicio de todos los hombres: con la cercanía y el cariño, llamando a la conversión, curando enfermos, acogiendo y transformando a pecadores, buscando a la oveja perdida…
¡Qué bien lo hizo todo! Como resumen de su vida, dirá Pedro en los Hechos de los Apóstoles que “Jesús de Nazaret, ungido con el Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hch 10,38).
2. En las manos del Padre
Y si pasó haciendo el bien, en todo momento, y a toda persona; y si ya está cumplido todo, ¿qué es lo siguiente? Jesús se abandona en las manos del Padre sabiéndolo Abbá, Padre, Padre mío.
Cuando has vivido la vida en plenitud y has realizado perfectamente la misión que Dios quería de ti y que los hombres, tus hermanos, necesitaban, ¡qué grande debe ser decir, con plena lucidez y plena paz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”!
Pronunciadas ahora por Cristo, estas palabras del salmo alcanzan su plenitud de sentido: en medio del abandono y del dolor afloran la confianza y la certeza de la liberación. Siente Jesús, en verdad, lo que había dicho a sus discípulos cuando las despedidas tras la última cena: “Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16,28).
Por eso ahora Jesús muere tranquilo: sabe bien dónde pone su cabeza. Acabó su combate, es hora de descansar… En las manos del Padre, manos que acogen y abrazan.
3. Morir es una experiencia filial
Desde esta experiencia de Jesús, cada uno de nosotros somos invitados a asumir la muerte, nuestra muerte, desde la esperanza, y así tener de ella una vivencia de “hermana muerte” (“Loado seas, mi Señor, por la hermana muerte”, que cantaba Francisco de Asís).
Porque la muerte tiene un componente agresivo, desgarrador y dramático para “los que no tienen esperanza” (1Tes 4,13). Pero quienes tenemos esperanza en Jesucristo sabemos que “si morimos con Él, también viviremos con Él” (2 Tim 2,11).
Morir para nosotros ya no es un drama, sino una experiencia filial: es pasar de este mundo al Padre, es un arraigo profundo en la casa paterna, es descansar en las manos de Dios, que son las mejores manos, porque son resurrección y vida, porque son siempre salvadoras.
Jesús entrega la vida serenamente, sabe muy bien dónde reclina la cabeza: en los brazos del Padre, en las fuentes de la vida.
Hermanos, la vivencia final de Jesús nos enseña a nosotros a vivir ese capítulo fundamental de nuestra vida que es la muerte: protagonizándola, seguros del abrazo del Padre, y cayendo en sus brazos como siembra esperanzada que se abre a la vida plena y feliz.
También nosotros podremos decir “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Morir, para nosotros, será una experiencia filial.
Y damos gracias a Dios por ello.







