La misericordia de Dios no es grande, sino infinita. Sin límites. Por eso podemos acudir a él siempre, siempre, siempre. Aunque le hayamos traicionado muchas veces. Él nos escuchará, aceptará perdonarnos y así podremos empezar de nuevo a vivir como nos pide que vivamos: amándole a él y amando a los hermanos que son sus rostros vivos que nos rodean a cada instante. Es desde la fe en esa misericordia divina desde donde podemos iniciar el cambio de nuestra vida desordenada a una vida donde se palpe la gracia del Señor Jesús.

A menudo no nos damos cuenta de que nuestras palabras hieren a personas cercanas o lejanas. Porque en nosotros hay siempre rescoldos de superioridad sobre





