Los cristianos nos sentimos hijos de Dios. Porque realmente lo somos. Con todo lo que esto significa. Cristo se acercó a nuestras miserias y asumió nuestra naturaleza humana, convirtiéndose en uno de nosotros, en todo menos en la culpa. Padeciendo por nuestra causa y entregando su vida para restaurar la nuestra, que había sido destrozada por el pecado, nos convirtió en hermanos suyos y herederos del Reino. Inmensa gratitud debemos mostrar por tan gran y excepcional regalo que el Señor nos ha dado y que nos impele a ser mejores para asemejarnos en algo a Él.

Foto: R. Misas «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo» XII T. ORDINARIO (Mateo 10, 26-33) A lo largo de los siglos, miles





