
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo»
XXII T. ORDINARIO
(Mt 16, 21-27)
Muchas personas huyen ante las malas noticias.
Buscan que la vida esté repleta de felicidad.
Invierten en placer
y en caprichos perecederos.
Lo transcendental no va con ellas.
Han reducido su vivir a excluir lo que no les satisfaga.
Una vez más, Pedro quiere imponer su plan:
Tú no puedes, Señor, ser maltratado por los ancianos,
los sumos sacerdotes,
los escribas…
los que tienen el poder de interpretar las leyes
y de aplicarlas con castigos a los que las incumplan.
Tú no puedes dejar que otros se impongan a ti.
Porque tú eres el que viene a cambiarlo todo.
Le plantas cara a Pedro,
como otras muchas veces: ¡Apártate! Lo has dicho muy claro:
el que quiera seguirte,
que se niegue a sí mismo,
tome la cruz que le toque llevar
y que te siga.
Y es aquí donde nos encontramos, Señor:
seguirte supone renunciar a muchas cosas
por amor a ti.
Renunciar a esos caprichos que son signos de soberbia,
renunciar a las cosas fáciles que no sirven para nada,
renunciar al egoísmo del yo soy perfecto…
Renunciar a todo lo que me aleja de ti
y de los hermanos.
Ya sé, Señor, que no es un camino asfaltado de rosas
lo que me espera.
Pero sé también que es un camino por el que no iré solo
pues tu nunca abandonas nadie
ni le exiges más de lo que es capaz de dar.
Y sé que seguirte es lo mejor que me puede suceder.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)





