En este mundo convulso donde la guerra entre pueblos y la violencia entre hermanos son triste y penosa actualidad, los creyentes en Cristo resucitado tenemos una misión concreta: trabajar intensamente por el retorno de la paz. Una paz que evite todo atentado a la vida humana y cualquier violencia entre nosotros. Una paz que no solamente se basa en el silencio de las armas, sino que ha de tener su raíz en el reconocimiento de que cada persona es hermana nuestra, pues todos somos hijos del mismo Padre Dios y como tal debe ser amada con un amor desinteresado.
“Había de resucitar de entre los muertos”
DOMINGO DE PASCUA
(Juan 20, 1-19)
Una larga hilera de personas se acerca
a dar el pésame a los padres del niño que acaba de ser enterrado.
Fue un trágico accidente:
un conductor ebrio perdió el control del vehículo
y arrolló al pequeño que jugaba en la acera.
La escena muestra caras tristes
y rostros en los que resbalan lágrimas.
Los primeros seguidores tuyos, Señor,
no tenían claro lo que les habías dicho repetidas veces:
que resucitarías.
Tal vez porque les resultaban poco creíbles tus palabras.
Fueron las mujeres las primeras que recibieron la alegría
de volver a verte, ya resucitado de entre los muertos.
Y a ellas les encomendaste que fueran a anunciarlo.
También yo, Señor, debo anunciar tu resurrección
a los que me rodean.
Debo creer firmemente que esta es la verdad primera,
porque, si no creo esto,
sobra todo lo demás.
Tú lo anunciaste
y yo creo en tu palabra.
Tú has resucitado
tras dar la vida por mí.
Y sé también que yo resucitaré
porque me lo has prometido.
Mientras me llega ese momento,
te ruego que me acompañes en mi diario caminar,
para que pueda vivir más pendiente de lo importante,
que eres tú y mis hermanos,
y menos preocupado por las cosas que sí mueren.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)






