
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»
XXIX T. ORDINARIO
(Mt 22, 15-21)
A nadie le gusta pagar impuestos.
Cuando llega el período de presentar las cuentas propias
a los responsables de las haciendas públicas
los ciudadanos se muestran desconfiados
y recelan de todo.
Pagamos demasiado, suelen decir.
Y lo peor es que quienes administran el dinero de todos,
a menudo no lo hacen bien, añaden la mayoría.
Hoy, Señor, como hace dos mil años,
la trampa de si es justo pagar o no
al poder político sigue en pie.
Los fariseos, es su costumbre,
intentan enfrentarte a tu pueblo.
Por eso te envían emisarios para tentarte.
La pregunta es simple, pero tiene trampa:
“¿Pagamos al invasor o pagamos a Dios?”
Si te inclinas por uno, mal, pues las gentes de tu pueblo
te considerará un traidor a su causa,
que es la que ellos consideran es la de Dios.
Y si respondes que hay que pagar al César,
será una demostración de que no eres creyente
y todo lo que enseñas es falsedad.
Sabia respuesta la tuya, Señor:
Lo que es del César, se lo dais al César
y lo que corresponde a Dios, pues dádselo a él.
En estos tiempos de tantas convulsiones,
enfrentamientos ideológicos
y pugnas por imponernos a los otros
despreciando y juzgando a los que no comparten nuestras convicciones
bien nos vendría mirarnos interiormente
y actuar con responsabilidad.
Debo ser ciudadano ejemplar que contribuye
a lograr una sociedad mejor.
Con mis aportaciones de todo tipo.
No solamente las dinerarias
sino también las que exigen comprensión al otro
ayuda a quien lo necesita en cualquier aspecto de su vida
y, sobre todo, sembrando concordia.
Porque en esta tarea de contribuir
a hacer un mundo menos malo
te sirvo a ti,
pues lo que quieres es que los hombres seamos hermanos
los unos de los otros porque tú nos has hecho a todos hijos tuyos.
Viniste a salvarnos a todos,
y en ese todos me tienes a mí
que no puedo salvarme aisladamente.
Ayúdame a servirte mejor
sirviendo a los que me rodean,
construyendo puentes y derribando muros,
dando abrazos y no codazos,
repartiendo sonrisas y no maldiciones.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)





